magine por un momento que, bajo el suelo colombianos que pisamos todos los días, existe una batería natural e inagotable capaz de iluminar millones de hogares, independientemente de si el cielo está despejado, si sopla el viento o si el Fenómeno del Niño tiene los embalses en niveles críticos. No es ciencia ficción; es energía geotérmica, el calor de la Tierra, y Colombia está sentada sobre una de las despensas térmicas más ricas y subutilizadas del continente. A medida que el país avanza en su transición energética y busca alternativas para diversificar una matriz que depende fuertemente de la hidroelectricidad, mirar hacia el subsuelo ya no es una opción de vanguardia sino una necesidad de seguridad nacional.
Para entender su potencial, primero debemos entender el mecanismo. A diferencia de la energía solar o la eólica, que dependen de las condiciones atmosféricas, la geotermia aprovecha el calor interno del planeta, el cual proviene del núcleo de la Tierra donde las temperaturas son extremas debido a la presión y la descomposición de elementos radiactivos naturales. En zonas con actividad volcánica o tectónicamente activas, ese calor asciende a capas más superficiales de la corteza, permitiendo que mediante pozos profundos se alcancen reservorios de agua subterránea atrapada a altas presiones y temperaturas superiores a los ciento cincuenta grados centígrados. Al subir a la superficie, la reducción de presión hace que el agua se transforme en vapor a alta presión para impulsar una turbina conectada a un generador eléctrico, y finalmente el vapor se condensa de nuevo en agua líquida para ser reinyectado al subsuelo, asegurando un ciclo cerrado y sustentable.
Colombia es ampliamente reconocida por su riqueza hídrica, pero la crisis climática ha demostrado que depender excesivamente del agua es un riesgo latente, ya que cuando el Fenómeno del Niño aprieta, el fantasma del racionamiento o el disparo en las tarifas se vuelve una realidad incómoda. Si bien la Guajira lidera el norte del país con granjas solares y parques eólicos, estas tecnologías comparten el talón de Aquiles de la intermitencia. Es ahí donde la geotermia saca su mayor ventaja competitiva al ser una energía de carga base, lo que significa que funciona las veinticuatro horas del día, los trescientos sesenta y cinco días del año, sin importar el clima. Colombia se encuentra ubicada sobre el Cinturón de Fuego del Pacífico, la zona con mayor actividad sísmica y volcánica del planeta, y su Cordillera Central está flanqueada por estructuras volcánicas que, según estimaciones del Servicio Geológico Colombiano, esconden un potencial que ronda los mil ciento setenta megavatios.
El mapa térmico de Colombia revela zonas prioritarias donde los proyectos ya están pasando de la teoría a la práctica, destacando el Macizo Volcánico del Ruiz, entre Caldas y Tolima, liderado por empresas locales como la Central Hidroeléctrica de Caldas que busca aprovechar el calor del Complejo Volcánico Nevado del Ruiz. Asimismo, en el sur del país se encuentra el Complejo Volcánico Chiles y Cerro Negro en Nariño, concebido como un proyecto binacional con Ecuador para conectar las redes de ambos países aprovechando la intensa actividad térmica de la frontera. Otra zona de gran relevancia es el volcán Azufral, también en Nariño, el cual cuenta con fases de exploración avanzada gracias a sus altas temperaturas ideales para la generación eléctrica a gran escala.
Uno de los hitos más interesantes en la historia reciente de la energía en Colombia ocurrió en los Llanos Orientales, específicamente en el Casanare y el Meta, donde se inauguraron pilotos de geotermia en campos petroleros como Chichimene. En la extracción tradicional de petróleo, por cada barril de crudo se extraen también varios barriles de agua caliente acumulada en el yacimiento que históricamente se consideraba un desecho. Hoy en día, esa agua caliente pasa por intercambiadores de calor para generar energía eléctrica local antes de volver al subsuelo, un enfoque que reduce drásticamente las emisiones del propio sector extractivo y demuestra que el conocimiento de la industria petrolera en geología y perforación es perfectamente transferible al desarrollo geotérmico.
Si los beneficios son tan evidentes, cabe preguntarse qué ha frenado su despliegue masivo en el país, y la respuesta se resume en el alto riesgo exploratorio inicial y las barreras socioambientales. Perforar un pozo geotérmico a ciegas es un negocio costoso que puede costar millones de dólares con el riesgo de que el flujo de vapor o la temperatura no sean los adecuados. Además, muchas de las zonas con mayor potencial se encuentran en áreas protegidas, parques nacionales naturales o territorios habitados por comunidades indígenas y afrodescendientes, lo que exige procesos complejos de consulta previa y un despliegue de infraestructura de transmisión que debe superar la accidentada geografía nacional.
Cuando pensamos en geotermia solemos visualizar grandes turbinas eléctricas, pero existe un mundo paralelo de aplicaciones conocido como el uso directo del calor que puede beneficiar enormemente al sector agrícola colombiano. En las zonas altas de las cordilleras, el calor del subsuelo puede usarse para la calefacción de viviendas u hoteles turísticos mediante el termalismo avanzado. Asimismo, en la agroindustria sostenible, este calor constante es ideal para procesos de secado de café, cacao, frutas y cereales, reduciendo la dependencia de combustibles fósiles, además de servir para climatizar invernaderos de flores o mantener la temperatura ideal del agua en el cultivo de peces.
La transición energética de Colombia no puede depender de una sola ficha, y la combinación inteligente de la hidroelectricidad existente, el despliegue del sol y el viento, y el respaldo firme de la geotermia es la verdadera fórmula para la soberanía del país. Colombia cuenta con el talento técnico, un marco regulatorio en evolución gracias a los incentivos de las leyes de transición energética, y una geología privilegiada a su favor. Desbloquear el potencial de nuestros volcanes y cuencas no solo encenderá bombillos, sino que impulsará una nueva industria tecnológica, creará empleos calificados y blindará la economía del país ante los embates del cambio climático.


